“Yo perdí la elección, carajo, y quiero ganar la próxima.”

Por Graciela Guadalupe para La Nación

(De Alberto Rodríguez Saá, gobernador de San Luis)

¿Qué quiso decir Alberto Rodríguez Saá cuando reunió a su tropa al grito de “Yo perdí la elección, carajo”? Opción 1: ¿Que se arrepintió de haber hecho alianza con Cristina Kirchner, a quien alguna vez llamó tilinga y de quien dijo que avala la Inquisición? Opción 2: ¿Que se quedó tan solo tras la estrepitosa derrota electoral de las PASO que ya no encuentra a quién culpar en San Luis? Opción 3: ¿Que como es probable que su lista vuelva a perder en octubre, al menos quiere adueñarse de algo: la derrota?

Ninguna de las tres, querido lector. Lo que ha hecho el gobernador es recurrir a un analgésico verbal para provocarse una carga extra de adrenalina que le permita reducir el estrés y, en consecuencia, ser más tolerante al dolor. Ojo que no lo decimos nosotros, insignificantes periodistas. Lo jura Richard Stephens, profesor de Psicología de la prestigiosa Keele University, del Reino Unido. Según The New York Times, en una nota titulada “En defensa de las groserías”, varios científicos han demostrado que decir malas palabras es de gente inteligente, que mientras una persona las pronuncia puede mantener sus manos en agua helada por casi 50% más del tiempo que aquella que no insulta y que una puteada bien dicha al martillarse un dedo ayuda a “tolerar mejor el malestar”.

Imagínense si en público sólo dijo “carajo”, lo que debe haber boqueado el Alberto en privado para intentar recuperar parte del bienestar fisiológico, emocional y social que le arrebató Claudio Poggi, el candidato de la alianza Avanzar y Cambiemos, al sacar 19 puntos más que su lista y dar por tierra con 34 años consecutivos del reinado de los hermanos Saá. Con el agravante de que, antes de pegar saltitos en piscina ajena, Poggi era el principal delfín del oficialismo feudal sanluiseño.

En la misma reunión de la palabrota, el gobernador arengó a sus compañeros: “Ahora vamos a reencontrarnos con los humildes, con los que tienen hambre [¿¡recién ahora!?]. Cada candidato, cada dirigente tiene que abrir un merendero. El que no abra un merendero quiere decir que no es dirigente”. Una definición impresionante…

 

Ya lo decía la manzanera VIP Hilda “Chiche” Duhalde, en junio de este año, a modo de catarsis, ahora probadamente científica: “Estoy harta de los políticos en general y de los que apoyan a Cristina Kirchner. Buscan cuidarse el culo. Perdieron la dignidad”.